El asedio a Afrín

¿Le pediríais a una persona maltratada que buscara auxilio en casa de su maltratador? Pues esto es el que estamos haciendo con los kurdos cuando les vallamos el paso hacia la Unión Europea y los hacemos pedir refugio en Turquía, que desde hace casi dos años se encarga de hacer el trabajo sucio a un club de estados que ha desplazado unos cuántos kilómetros la miseria y la violencia que se vive en sus fronteras como si así pudiera esconder la vergüenza de sus acciones. Y todo a cambio del módico precio de 6.000 millones de euros. Euros que hemos pagado entre todos y todas.

El primero que hay que entender es quien son estas personas y porque Turquía las reprime. Los kurdos son un pueblo centenario que actualmente tiene alrededor de 40 millones de habitantes repartidos en cuatro países: Irán, Iraq, Siria y Turquía. Dentro de cada uno de estos territorios, representan una minoría, lo cual los convierte en blanco de discriminaciones. En el caso de los turcos, la animadversión actual tiene su raíz en la primera Guerra Mundial, cuando los kurdos apoyaron a los aliados con el objetivo de independizarse del Imperio Otomano. Acabada la guerra, se reconoció la independencia del Kurdistán, pero poco después Turquía recuperó el terreno perdido y respondió con represalias. A partir de aquí empieza una historia cíclica, en que los kurdos reclaman su libertad y los turcos contestan con opresión.

El último capítulo de esta historia se está escribiendo ahora mismo, mientras Turquía asedia Afrín, la región curda de Siria. La excusa que se ha inventado Recep Tayyip Erdogan para justificarlo es que las milicias que protegen la zona están controladas por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y que su alianza podría poner en riesgo la unidad territorial turca. De hecho, Turquía, la UE y los EEUU los trata directamente de grupos terroristas. La realidad, pero, es que las milicias kurdas simplemente se defienden. Se defienden de Estado Islámico y de los (falsos) rebeldes. Y protegen como pueden su población y sus derechos civiles.

Todo ello, pero, hace que los kurdos que viven en Siria se vean atrapados en un campo de batalla. Lógicamente, muchos de ellos optan para huir y buscar refugio en Europa. Para hacerlo, la única salida que tienen es cruzar Turquía. ¿Y cómo respondemos nosotros? Cerrando el paso Turquía - Europa. Dejándolos a merced de Erdogan, un dirigente que no se caracteriza precisamente por su respeto a los derechos humanos, y menos por los derechos de los kurdos. De este modo, se llega a un nuevo nivel de cinismo en el acuerdo al cual la Unión Europea llegó con Turquía para pagarle a cambio que hiciera de dique con las personas refugiadas. Dejamos a las personas que huyen del terror a merced de quienes los matan. ¿Cómo un kurdo puede estar seguro en Turquía?

Una vez más, la crueldad y la inhumanidad se citan a sólo cuatro horas en avión de nuestras casas. Es sólo el doble del que tardamos a ir a Londres o Roma, y sería inimaginable que hiciéramos vida como si nada si se estuviera matando a civiles en cualquier de estas dos ciudades. Todavía más si fuéramos responsables de dejarlos sin escapatoria. Así que tal como pedía Ahmed a primeros de la canción Resiste y grita de Txarango, hace falta que "abramos fronteras" para todas aquellas personas que escapan de la miseria y de las bombas. Él es un afortunado: consiguió el refugio en Alemania, se ha podido reunir con su familia y le queda toda una vida por delante. Pero Afrín, su ciudad de nacimiento, todavía está llena de Ahmeds.